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Mi vida como inmigrante
en los Estados Unidos

Llegamos mi amiga, su esposo y yo de México, D.F. a ciudad Juárez, Chihuahua el 25 de abril de 1980. En la central camionera nos íbamos a reunir con el pollero que era amigo del esposo de mi amiga. Se hizo de noche y el pollero no llegó, así que nos fuimos a un hotel a descansar, pero antes, el esposo de mi amiga dejó un recado con otro amigo para que el pollero se comunicara con nosotros. Al otro día nos fueron a avisar que saldríamos hasta el 28 por la noche, ya que todavía no se reunía la cantidad de gente que el pollero esperaba. El esposo de mi amiga me dijo que ahí me quedara en el hotel, que su amigo pasaría por mí. Ellos tenían que regresar al D.F. porque él tenía corrida, pues él es chofer de autobuses y se tenían que regresar. Ahí me quedé hasta la noche del 28 cuando pasaron por mí en un camión de carga en donde ya había mucha gente. Nos llevaron a una granja y ahí acomodaron unas pacas de forraje dejando espacios en donde cupiéramos los que íbamos a viajar. Los conté, éramos treinta personas. Nos acomodaron para que fuéramos sentados, ya que el viaje iba a ser largo. Nos dieron un tubo para que tocáramos si algo se nos ofrecía, pero nos dijeron que sólo lo usáramos en caso de emergencia, y así nos fuimos.
Por la mañana nos bajamos a comer, al baño y a estirarnos un poco, después nos volvimos a subir, y al llegar la noche, bajamos otra vez. Para entonces ya nos conocíamos más y empezamos a platicar unos con otros. De dónde veníamos, cómo nos llamábamos, quién conocía bien al pollero, si era verdad que nos llevaría a la cosecha de manzana hasta California, cuánto nos había cobrado a cada uno; esas eran nuestras pláticas, y así transcurrió el camino hasta llegar a nuestro destino.
Al llegar a California el pollero nos registró en un hotel y nos dijo que estuviéramos listos a las cinco de la mañana para llevarnos al trabajo.
En la mañana fue por nosotros como había dicho y nos llevó a un rancho en donde nos presentó a Jimmy, el contratista. Jimmy nos llevó con Richi, el mayordomo, quien tomó nuestros nombres y fechas
de nacimiento, y nos dio instrucciones de cómo íbamos a trabajar. Nos repartió en parejas. En cada pareja había uno que ya sabía como trabajar y uno de nosotros. Nos dio una bolsa grade a cada uno, y a cada pareja dos escaleras, una chica, y una grande. Comenzamos a trabajar a las siete de la mañana del día primero de mayo.
El primer día el pollero nos llevó burritos y sodas para lonchear. A la media hora regresamos a trabajar. Aquello parecía circo: subir y bajar rápido, lo más rápido posible para hacer más dinero.
A las tres y media de la tarde salimos y nos fuimos al hotel. Estábamos muy cansados. Ahí nos esperaba el pollero para que le entregáramos los 15,000 pesos que nos cobró a cada uno por traernos y nos avisó que el hotel estaba pagado hasta el fin de semana.
Llegó el viernes, día de pago. Nos dieron 120 dólares. No conocíamos los dólares, menos su equivalencia, así que no sabíamos si era mucho o poco lo que nos habían pagado; lo que sí sabíamos era que estábamos cansados y desorientados. No sabíamos qué íbamos a hacer ahora que el apoyo del pollero ya se había ido. Entonces nos desintegramos. Cada quien se fue por donde más le convino. Yo me quedé sola, pero las mismas compañeras de trabajo me daban hospedaje. Ahora aquí, mañana en otro lado.
Seguí trabajando hasta que se acabó la cosecha en Septiembre. Las mismas compañeras me ayudaron a conseguir otros trabajos. Como ellas, empecé a limpiar casas, cuidar niños, ancianos, lo que saliera. Un día unas amigas me invitaron a la cosecha de fresa en Salinas, California. Me fui con ellas en mayo de 1981. Ahí rentamos una casa entre las seis que éramos. Trabajar ahí me gustó más que la cosecha de
manzana porque ahí no había que subir y bajar, aunque también es muy cansado porque tiene que andar uno agachado. Entramos a las siete de la mañana. Nos dieron un carrito con ruedas que tenía una tabla encima con una caja de cartón y canastitos de plástico para llenarlos con fresas. Al llenar cada caja se la dábamos al mayordomo para que la anotara en su lista. También me gustó más porque me pagaban 300 dólares a la semana y los campos se ven enormes y muy bonitos. El olor a fresa es muy peculiar. Lástima que esa cosecha sólo dura hasta julio. Así transcurrieron los años, de trabajo en trabajo, hasta que un 2 de febrero de 1986 me hablaron mis hijas para avisarme que habían asaltado y matado a su papá en el taxi que conducía. Me fui en el primer avión que salía para México y regresé a los quince días a la ciudad de El Paso. Aquí me quedé a la pizca del chile. Estuve viviendo con unas amigas en el Segundo Barrio. Ellas me enseñaron todas las costumbres para no cansarme tanto en el trabajo. Por ejemplo, llegábamos más temprano que los otros para agarrar un lugar cerca de la traila donde se vacían los botes llenos de chile, y así no caminábamos tanto. De todos modos, a ese trabajo todavía la pienso mucho para ir porque arden las manos como lumbre y pagan poco, a 45 centavos el bote. A veces todavía voy y por las tardes estoy estudiando para obtener mi diploma de GED para encontrar mejores oportunidades.

por: SUSANA RAMÍREZ

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