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A mi amado Santos González,
quien me enseñó a amar el trabajo del campo.
Orgullosamente trabajadora del campo
Es un día de intenso verano en la ciudad de El Paso,
Texas. El sol sale repartiendo sus rayos de luz y calor sobre
la ciudad, sobre un pueblo trabajador que lucha por ser mejor
cada día, que anhela prosperar; un pueblo que tiene
amor a la vida y pasión por lo que hace.
Dentro de ésta ciudad hay un grupo de personas que
trabajan diariamente apartados del bullicio de la ciudad,
lejos de la tecnología y del ruido de los carros, lejos
de la contaminación ambiental y del quehacer político
de la nación. Esta población vive con la esperanza
de mejorar su situación social y económica.
Trabaja con responsabilidad cada día para llevar el
sustento a su familia.
Son las dos treinta de la mañana, nosotros, la comunidad
de Herb Tío Cooper, una comunidad que abriga a cincuenta
familias de trabajadores migrantes del campo, hombres y mujeres
nos levantamos para ir al trabajo. Nos preparamos para ir
al campo con la vestimenta adecuada: pantalones gruesos, zapatos
cómodos y seguros, camisa manga larga, pañuelo
para secar el sudor y sombrero o cachucha para protegernos
del sol. Preparamos nuestra comida y mucho líquido
para tomar durante el día. Vamos listos y contentos
a la labor.
Es principio del mes de agosto y el chile jalapeño
está listo para ser pizcado en los ranchos de Nuevo
México: Hatch, Deming, Las Cruces, además de
Fabens, Canutillo, Socorro, Zaragoza y muchos otros ranchos
más. Los rancheros ya nos conocen, saben que somos
buenos pizcadores por experiencia de muchos años y
la rapidez de nuestras manos.
Salimos de nuestros hogares pensando en ganarle tiempo al
día, le pedimos al sol que nos proteja y que nos permita
trabajar, pues en el campo no hay sombra donde descansar.
Reunidos en la labor, cada uno tomamos los surcos que nos
asignan. Llevamos botes de seis galones y a las cuatro y media
de la mañana empezamos el día de trabajo. Pizcamos
chile, llenamos botes y los vaciamos dentro de un camión
de carga. El capataz nos da una ficha por cada bote que mira.
Los botes llenos hasta el copete. El chile debe estar despezonado
y sin basura, de lo contrario, es devuelto cuantas veces sea
necesario, hasta que llegue completamente limpio. Los botes
deben estar llenos y cada uno equivale a sesenta centavos.
Son las doce del medio día y el sol quema la piel por
debajo de nuestra ropa. Nuestras gargantas y bocas están
secas, nuestros cuerpos bañados en sudor. Nos tenemos
que limpiar la frente una y otra vez. Nuestros ojos arden
por el efecto del sol, por el sudor y los abonos de la tierra.
Nuestras manos están ásperas, llenas de tierra,
adormecidas y manchadas por la tinta verde del chile, las
espaldas nos arden de cansancio y nuestras piernas y pies
parecen estar a punto de desfallecer. Sólo hay un propósito:
cumplir con la carga del día, no hay tiempo para descansar.
Vamos y venimos, una y otra vez con los botes llenos. Todo
es muy rápido, lo único que queremos es cosechar
todo el chile posible para ganar algo de dinero.
Son las cuatro de la tarde, se vierten los últimos
botes. Ahora estamos listos para cobrar. Cada uno sacamos
nuestras fichas, nos formamos en línea por casi dos
horas mientras el capataz las cuenta. Unos tienen cien fichas,
ochenta y cinco, sesenta, treinta... cada uno recibimos nuestro
pago de acuerdo a lo que cosechamos, de acuerdo a nuestra
habilidad para pizcar.
Es tiempo de volver a casa. Los camiones están listos
para el regreso. Algunos nos raitean hasta la casa. Llegamos
a nuestros hogares cansados, hambrientos, con la cabeza embotada.
Sólo deseamos tomar un baño para después
comer y dormir. Apenas tenemos fuerza para hablar con nuestros
hijos, para escuchar sus problemas y sus inquietudes. La mayoría
no podemos ayudarles con sus tareas porque nosotros no fuimos
a la escuela, algunos apenas llegamos hasta quinto de primaria.
Sólo deseamos descansar para levantarnos a la siguiente
mañana a otro día de faena, otra vez a las dos
y media de la madrugada.
El trabajo del campo es un trabajo que requiere muchos sacrificios,
no hay hora fija para comer, ni descansos durante el día,
no tenemos seguro médico o contra accidentes, no hay
días festivos para descansar, pero es un trabajo que
hacemos con responsabilidad. Nosotros sustentamos a generaciones
de familias completas.
Quienes trabajamos en el campo sentimos amor por este trabajo,
amamos la tierra, el sol, el viento, la lluvia, los elementos
que sustentan la tierra que da el fruto de la cosecha de la
cual vivimos. Estamos orgullosos de saber que, en la mesa
de cada hogar, siempre hay verduras y frutas frescas cuidadas
y cosechadas con nuestras manos. Este es un buen motivo para
seguir trabajando en el campo. No nos importa si es primavera,
verano, otoño o invierno, nosotros seguimos migrando
y cultivando la tierra. Así nos enseñaron nuestros
abuelos, nuestros padres y así seguiremos enseñando
a nuestros hijos.
Somos orgullosamente trabajadores del campo y lo único
que pedimos es justicia a nuestra condición migratoria
y un salario justo por nuestro digno trabajo. Somos gente
productiva dentro de una sociedad que nos necesita, de una
sociedad que muchas veces no sabe cómo vivimos, cómo
sufrimos y cómo lloramos; y nosotros vivimos sin saber
cómo vive un americano.
por: MARÍA ISABEL GONZÁLEZ
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