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A mi padre, Alfonso Leyva
Una historia de mexicanos
Hace unos meses conocí a Chavelita, una señora
morenita, bajita, con ojos muy claros y vivarachos, una mujer
como de 92 años más o menos. En sus pláticas
me habla de que ella era una niña cuando llegó
con sus papás a los Estados Unidos desde Fresnillo,
Zacatecas. Recuerda que, al pasar el puente ni papeles les
pedían. Así sin nada los dejaban pasar y, en
cuanto cruzaban, se encontraban con rancheros que esperaban
ahí en sus trocas para buscar gente que quisiera ir
a trabajar a sus ranchos. Cuando juntaban suficiente gente
se los llevaban a trabajar en el campo.
Me platica Chavelita que a ella y su familia les tocó
trabajar en un rancho que se llamaba Rancho Wilthie. Chavelita
suspira recordando aquel rancho. En él había
pequeñas casitas construidas de madera y aluminio.
Una estufa era todo lo que tenían por muebles al principio.
Los dueños del rancho les prestaron cobijas mientras
les conseguían unas camitas y lo más indispensable.
Recuerda a su padre, y con frecuencia habla de él.
Un hombre fuerte, trabajador y recto en su manera de comportarse
con su familia y con sus patrones.
Hoy muchas cosas han cambiado. Ya no es tan fácil cruzar
de un país a otro como en los tiempos en que llegó
Chavelita. La situación está cada vez más
difícil. Tampoco es fácil encontrar trabajo
para quienes logran cruzar. Aún así todos seguimos
siendo parte de la historia de Chavelita, de todos los que
llegaron antes, los que ya estaban aquí y los que todavía
cruzan. Es la historia de muchos mexicanos que luchan por
superarse.
por: MARÍA CABRERA
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