Volver a la Pagina Principal

Un día de marzo


Un día en el mes de marzo mi sobrino Juan Luís y yo nos disponíamos a pasar el Río Bravo. Eran las seis de la mañana y estábamos a la orilla del río escondidos entre los árboles, sentados sobre la arena. Se escuchaba el sonido de las aguas que corrían siguiendo su caudal. El tiempo pasaba y escuchábamos a los pájaros con su canto a nuestro alrededor. Conforme el tiempo transcurría, el calor aumentaba. Mi sobrino comentaba que si no se movía el migra, no podríamos pasar y tendríamos que regresar a Zaragoza. Estábamos desesperados. No podíamos movernos porque teníamos que evitar ser vistos. Cualquier ruido o movimiento lo notaría el agente de migración que vigilaba frente a nosotros. El migra observaba minuciosamente hacia los arbustos de la orilla. Nada más las aguas del río nos separaban de él.
Así pasaron como treinta minutos antes de que al fin el migra decidiera ir a dar un recorrido. Entonces mi sobrino y yo nos metimos al Río para cruzarlo, pero cuando ya íbamos a la mitad vimos que se acercaba otro migra y retrocedimos para no ser vistos. Yo me asusté y di la vuelta tan rápido que la corriente del río me tambaleó. En ese momento casi me vi arrastrada por la corriente. Sentí que el agua empujaba mis piernas y arrastraba mi cuerpo. No tenía control sobre la corriente para recuperar el balance. Afortunadamente, mi sobrino todavía estaba cerca y alcanzó a agarrarme de un brazo, y así pude sostener mi cuerpo contra las aguas que, de no haber estado él ahí, seguramente me hubieran arrastrado. Todo pasó muy rápido y en segundos ya estábamos de regreso en la orilla del lado mexicano.
Nos volvimos a esconder en los arbustos. Mi sobrino permanecía en silencio. Yo estaba preocupada porque mis dos niños estaban del lado americano en la casa en donde vivíamos. Mi esposo estaba con ellos, pero al otro día, él tenía que ir a trabajar y los niños se quedarían solos. Yo había tenido que ir a Juárez a resolver unos problemas de una propiedad, y ahora me encontraba ahí sin saber cuándo podría pasar para reunirme con ellos.
Después de un rato de no ver que hubiera oportunidad de pasar decidí que regresáramos a Zaragoza y mi sobrino estuvo de acuerdo. Empezamos a salir del escondite y a caminar de regreso para tomar el camión a San Isidro. Entonces oímos que nos hablaban. Era mi esposo que se había subido en el techo de una traila. Todo desesperado nos hacía señas y nos gritaba que no había migra, que nos cruzáramos, pero nosotros alcanzábamos a ver al migra que se dirigía hacia la orilla. Mi esposo no lo veía por estar tratando de llamar nuestra atención. Le dije a mi sobrino que no tenía caso que nos quedáramos porque además, para entonces la migra ya había visto también a mi esposo que nos seguía haciendo señas para que cruzáramos.
Mi esposo se reunió con nosotros en Juárez una hora más tarde. Mi sobrino y yo le platicamos lo que había ocurrido. Tomamos la decisión de ir a buscar a un amigo de mi esposo. Al llegar, como que mi esposo no se decidía a entrar, pero yo lo animé. Entramos a su casa y nos recibieron muy bien. Yo empecé a platicar con la esposa del amigo y le conté lo que había pasado cuando habíamos tratado de cruzar el río. Le dije que no me quería arriesgar de nuevo a cruzar por ahí porque tenía miedo ya que el río estaba muy crecido. En otras ocasiones lo había cruzado, pero nunca lo había visto con tanta agua como ese día. Entre la plática se decidió que ella me prestaría su pasaporte para cruzar y su esposo estuvo de acuerdo.
El amigo de mi esposo y sus hijos cruzaron conmigo para tener más posibilidades. Gracias a Dios pasamos sin que nos preguntaran nada. Desde entonces no volví a pasar el Río Bravo. Ahora creo que Dios me dio la oportunidad de seguir con mi vida porque, a diferencia de muchas otras personas, yo viví para contarlo.

por: MARÍA ISABEL ARRIAGA

Volver a las Obras