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En un día de invierno
Era una mañana muy fría cuando mi papá,
mi hermana, sus dos hijos y yo llegamos de Durango a Ciudad
Juárez. Mi papá ya tenía su pasaporte
y nos acompañaba para orientarnos en lo que teníamos
que hacer para tramitar nuestras visas.
Eran aproximadamente las cinco y media de la mañana.
Llegamos a la central de Ciudad Juárez y tomamos un
taxi que por 50 pesos nos llevó al consulado de Estados
Unidos. Cuando llegamos, a las seis de la mañana, ya
había una línea de gente esperando entrar. Llegamos
a formarnos con todas nuestras maletas. La gente a nuestro
alrededor comentaba sobre las formas que habría que
llenar y que había que ir a pagar para luego regresar
con la ficha de recibo. Todos revisaban que no les faltara
nada y que estuviera todo en su carpeta de papeles. Mi hermana
se fue a hacer el trámite al banco para pagar y mi
papá y yo nos quedamos en la línea. El frío
era tanto que, del otro lado de la calle, unos señores
habían puesto una lumbre echando basura y algunos palos
de madera en un viejo tambo negro de metal, para que la gente
pudiera ir de cuando en cuando a calentarse un poco.
Un cuñado nuestro que vivía en El Paso nos llevó
lonches, café y jugo para almorzar. Almorzamos ahí
parados, contentos de ya no tener el estómago vacío.
Recuerdo las calles sucias y, a esa hora de la mañana,
casi vacías con muy poco tráfico de gente y
de carros.
La línea de gente empezó a avanzar cuando abrieron
el consulado, pero muy lentamente. Una vez adentro, los guardias
no dejaban salir a nadie, ni para comprar algo de tomar y
yo estaba nerviosa y sedienta.
Cuando le tocó a mi hermana que revisaran sus papeles,
yo esperaba detrás de ella. No tenía idea de
que le iban a decir. Volteaba a ver las ventanillas a las
que habían pasado los que estaban delante de mí.
Me fijaba para ver cuál agente parecía más
amable, para ver quienes sí estaban dando visas. Algunos
se veían amables, pero no con quien me tocó
hablar cuando ya fue mi turno. Era una señora que ya
estaba de muy mal humor. Puse todos los papeles en la repisa
que nos dividía. “¿Qué es eso?”
me preguntó. “Mis talones de cheque” le
contesté. “No”... fue todo lo que me dijo
y me hizo señas para que me quitara. “No”
sólo “No” sin haber revisado mis papeles.
Con esa simple palabra terminó con mis esperanzas.
Antes me habían contado que cuando uno es joven es
más difícil que le den a uno la visa, y así
fue para mí. Me sentía triste y no sabía
que hacer. Pensé que tal vez lo mejor sería
regresar a Durango, resignarme a no conocer los lugares en
los que había soñado, los lugares en los que
había imaginado nuevas y mejores oportunidades. Pensaba
en todo lo que había tenido que hacer para llegar hasta
ahí.
A mi hermana le dijeron que regresara a las tres de la tarde
para que le dieran su visa. Nos estuvimos sentados en unas
bancas que nos prestaron. Estuvimos ahí alrededor de
dos horas caminando en los alrededores esperando a que se
pasara el tiempo. Encontramos unos puestos de gorditas y lonches
que estaban cerca y ahí comimos. Cuando mi hermana
ya tuvo su visa, ella y sus hijos cruzaron a El Paso. Mi papá
y yo decidimos ir a pasar la noche con un familiar para ir
a la mañana siguiente a tomar el camión que
nos llevaría de regreso a Durango.
Al caminar por las calles de la ciudad, entre el bullicio
de la gente, en una de las esquinas estaba un señor
que nos ofreció pasarnos para el otro lado por $100.
Aceptamos y tuvimos que seguirlo a varias cantinas a buscar
a otra persona que nos prestaría los papeles para poder
pasar. Entrábamos y salíamos de lugares con
muy poca luz y música a todo volumen. En todos había
muy poca gente tomando cerveza frente a las barras. Mujeres
platicando con señores, parejas. Era un ambiente desagradable
con olor a humedad. El humo y el olor a cigarro llenaban todo.
Recuerdo los pisos de adoquín con capas negras de suciedad
y recuerdo que cada que entrábamos a un lugar la gente
se nos quedaba viendo con la vista clavada.
Cuando encontramos al que nos iba a prestar los papeles nos
dirigieron a una casa vieja completamente deteriorada. Entramos
a un cuarto en donde había una mesa sobre la que había
muchas identificaciones. El hombre buscó una fotografía
de alguien a quien yo me parecía un poco y me la dio.
Me dijo lo que tenía que decir al tratarde cruzar el
puente y salimos de ahí.
Cuando estuve frente al agente de migración estaba
nerviosa,
pero no me preguntó nada, ni siquiera revisó
la visa. Salí del puesto de inspección y por
primera vez vi Estados Unidos.
por: LUDIVINA BARRAGÁN
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