Volver a la Pagina Principal

El Regreso

Hace nueve años fui para México pues tenía muchas ganas de ver a mis familiares, a quienes hacía cuatro años que no veía. Tenía cuatro meses de embarazo y un niño de tres años. Mi esposo no quería que fuera por lo del embarazo y porque no tenía papeles. Pero aun así yo decidí ir.
Había hecho el viaje con mi hijo y cuando estábamos de regreso en Ciudad Juárez para cruzar de vuelta a El Paso, mi esposo fue por nosotros a la central camionera y de ahí nos fuimos a un hotel. Era el mes de noviembre. Después de registrarnos, mi esposo tomó la llave del cuarto y mis maletas. Llegamos a la habitación subiendo unas escaleras. No era un cuarto lujoso, pero tenía dos camas, una televisión, baño y una ventana que me gustaba porque alcanzaba a ver bien la calle. Era una habitación cómoda. En ese momento no supe que hacer, ni que decir, sólo me paré detrás de la ventana mirando los camiones, el humo que echaban y a la gente apresurada que subía y bajaba. Mi esposo estaba sentado a la orilla de la cama con la vista clavada en la alfombra. No hablamos mucho de lo que seguramente los dos estábamos pensando, del miedo de que en unas horas yo tendría que tratar de cruzar la frontera y de todo lo que eso implicaba.
Después de comer fuimos a buscar a mi cuñado y él nos dijo que conocía a un señor de confianza para pasarme. Mi hijo se fue con mi esposo y el conocido de mi cuñado trató de pasarme esa misma tarde. Cuando ya íbamos cruzando el río me dijo que me agachara y que estuviera lista para correr. Teníamos que cruzar una carretera de cuatro carriles en donde los carros pasaban muy rápido. Cuando me levanté para correr las piernas me temblaban. Sentía que no podía correr. El señor me jalaba de la mano. ‘‘Tiene que correr señora.” Nos metimos entre los árboles. Era una loma con muchas piedras. Cuando íbamos subiendo me caí de rodillas y cuando me estaba levantando ya teníamos a los de migración enfrente. El agente de migración me preguntó que si me sentía bien. Yo le dije que si. Nos subieron a la camioneta y nos llevaron a unas oficinas y después de como dos horas nos dejaron ir y yo me regresé al hotel para descansar.
Al otro día intentamos otra vez y nos volvieron a agarrar. Yo me sentía cansada, aparte me dolían las rodillas. Mi esposo estaba preocupado y empezaba a desesperarse. Al otro día fue a El Paso y le platicó a un amigo por lo que estábamos pasando. Entonces la esposa del amigo se ofreció a traerme por el puente en su carro y le dijo a mi esposo que no se preocupara, que en una hora ya íbamos a estar en El Paso, pero cuando ya íbamos cruzando se arrepintió. Me dijo que mejor me iba a llevar con un amigo de ella que pasaba gente y que no había ningún peligro y era rápido. Fuimos a buscarlo a su casa. Era una vecindad horrible. Después de hacer el acuerdo, me dijo que íbamos a comprar una lámpara y nos fuimos.
Eran como las cuatro de la tarde cuando ya estábamos sentados esperando que se quitara el agente de migración que vigilaba. En ese momento llegaron dos amigos de él con una muchacha, a quien también iban a pasar por donde mismo. Recuerdo que me sentí un poco más tranquila porque había otra mujer. Cuando nos dijeron que corriéramos, yo imaginé que íbamos a cruzar la malla, pero no fue así; brincamos como a un pozo de agua y abrieron la compuerta que era muy pesada. Cuando estábamos adentro me asusté mucho. El agua nos llegaba a la cintura, apestaba horrible y había mucha basura. En ese momento me quise devolver, pero el muchacho me dijo enojado que no estaban jugando, y que de todos modos no se podía abrir la compuerta de adentro para afuera. Y así agachados y en cadena caminamos entre la pestilencia. Estando allá abajo la sensación era horrible. Casi no se podía respirar por lo angosto del espacio. No podíamos ver nada. Yo imagino que el único oxígeno que entraba era por las alcantarillas. Más adelante el agua fue bajando y nos paramos como tres minutos a descansar. La muchacha me preguntó en voz baja que si con el que yo venía era mi esposo. Le dije que no. Le pregunté lo mismo y me dijo que apenas los había conocido. Recuerdo que nos agarramos de la mano porque sentimos miedo. Entonces la lámpara se descompuso. Uno de los hombres traía un encendedor que tampoco quería prender porque se había mojado. Nos íbamos aluzando con las puras chispas del encendedor. Dos veces nos paramos en las alcantarillas para respirar y estirar las piernas.
La salida fue lo peor. Era un tubo largo y angosto, y cuando me tocó salir me quedé atorada. En esos momentos recordé todo lo que mi esposo me había dicho antes de ir para mi tierra. Por segundos pensé que me iban a dejar ahí y que me iba a morir. Recordaba a mi hijo. Mi bebé se movía. Me arrepentí de no haber hecho caso y les pedí a Dios y a la Virgen de Guadalupe que me ayudaran. Por más que estiraba las manos y le gritaba a la muchacha, que ya estaba afuera, que me ayudara, no podía salir. Atrás de mí estaban dos de los muchachos y ellos me empujaron los pies y así fue como pude salir. Las uñas me quedaron desgarradas.
Cuando salimos todos estábamos escondidos entre los carros. Había muchos departamentos. Ya cuando estábamos todos afuera nos separamos. Uno de los muchachos y yo cruzamos la carretera y en la mera esquina estaba una señora. Le pedimos ayuda. De momento no nos quiso ayudar, pero luego nos dijo que nos metiéramos a un porche y ahí le pedí que me prestara el teléfono para hablarle a mi esposo para que fuera por mí.
Gracias a Dios que nos puso a esa señora en el camino para ayudarnos. Así pude regresar con mi familia. Mi niña nació bien. Ahora tengo cuatro hijos y he recibido mis papeles para residir legalmente en este país.

por: ESPERANZA ELORZA

Volver a las Obras