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Desde madrugada

Madrugadas clareantes, frescas, con brisa.
El reloj marca las cuatro de la mañana en El Paso, Texas.

En las calles cerca del centro hay tiendas con grandes aparadores.
A esta hora sólo se ven gruesas cortinas de metal,
pequeños negocios de abarrotes, tiendas y oficinas,
todo está cerrado.
Hay árboles en cada acera, todos verdes y frondosos,
algunos apartamentos con pequeñas ventanas.

Calles solitarias.
Mi papá y yo caminamos solos,
las luces de los altos postes alumbraran nuestro andar.

Sólo se escucha el ruido de algunos carros
empiezan a transitar, pasan despacio junto a nosotros.

No he dicho nada, se siente el silencio a cada paso.
De pronto escucho la voz de mi papá,
me pregunta que si vengo dormida.
Lo miro y sonrío.

Apresurando los pasos caminamos sin descanso
para llegar al lugar de partida, para ir a trabajar.

A lo lejos vemos a la gente que ya se ha reunido,
van al mismo lugar.
Ya se han reunido para esperar las vans
que nos llevan a un día más.

En el camino descanso.
Por la ventana observo árboles cada vez más verdes,
carros que pasan a gran velocidad.
Escucho el murmullo de las pláticas a mí alrededor
“Ojalá nos toque mucho que pizcar.”
Pienso en si valdrá la pena irme a cansar
pizcando el chile por tan poquito dinero,
tantas horas por trabajar.

Todo empieza al llegar a Hatch,
al llegar a esos campos en Nuevo México,
campos verdes y grandes,
parecen una inmensidad de cielos oscuros,
esperan los rayos del sol que, inevitablemente nos han de acompañar.

La tierra un poco blanda, olor a humedad.

Hay que apurarnos a pizcar arrancando los chiles de las matas
sin que nos vayamos a enchilar
pa’ poder llenar los costales
pa’ poder cobrar el sueldo que venimos a ganar.

Todos de prisa queremos terminar la pizca,
terminar antes de que el sol salga,
antes de que empiece a calentar.
Mi papá me dice “llena todos los botes que puedas
y si te cansas, pues ponte a descansar”
pero yo me hago la fuerte, no quiero dejar solo a mi papá.
Es el trabajo más duro de mi vida,
a veces pensé ya no regresar,
pero al escuchar a la gente que cada temporada vuelve,
pienso que lo mío es puro exagerar.

Estos campos tan grandes
¡Cuánto hay que trabajar!
y todavía nos falta mucho pa’ terminar.

 

por: ELVA VALDIVIA

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