Volver a la Pagina Principal

Desde el sur


Es un triste jacal de adobe rodeado de jaras secas, piedras resecas por el aire pesado. Remolinos polvorientos encajados en la tierra pasan a lo largo del camino. Entre las hierbas espinosas se ve algo del reflejo de los rayos del sol. A lo lejos se divisa un enorme cerro con sus copas nevadas brillando en el atardecer. Muy lejos. En las rocas cercanas se refleja la miseria de las casas maltratadas, abandonadas por el tiempo. Puertas de madera resecas, desdobladas y rotas.
Un par de ancianos viven en una de esas casas. Esperan el día en que sus hijos vuelvan. Su única compañía son una vaca blanca, gallinas, un par de cerdos y el perro.
Por la mañana se levantan y por una vieja ventana se asoman a ver el camino a ver si viene alguien. A veces llega su compadre en su carro de mulas. Viene a dejarles algunos víveres y agua. Cuando terminan de comer, por la ventana les avientan los pedazos que sobran de tortilla al perro y a las gallinas.
A veces ven que el perro mueve la cola y vuelven la vista al camino. A veces pasa alguien, pero nunca quien ellos esperan. Un día sus hijos decidieron cruzar el río “para mejorar, para poder traerles mejores cosas y ayudarlos a vivir mejor.”
Con la mirada cansada, su vestido negro, su delantal desaliñado y sus zapatos empolvados, la anciana voltea hacia el cielo y reza una plegaria por sus hijos.

por: CRESENCIA R. ATAYDE

Volver a las Obras