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Desierto
Era el año 2002 cuando Juan Manuel y sus primos Jesús,
Juan y Yazmín hacían planes para cambiar su
condición de vida. Querían trabajar, progresar
y ahorrar para poder comprar una casa. Era el día 3
de enero cuando salieron de Rodeo, Durango con destino a Ciudad
Juárez. Llegaron sin ningún contratiempo. En
la central de autobuses de Ciudad Juárez tomaron un
camión a Agua Prieta, Sonora. Ahí Juan Manuel
y sus primos buscaron al coyote que los iba a pasar. Cuando
lo localizaron, quedaron con él en que se reunirían
en la plaza al anochecer.
La plaza tenía un kiosco, bancas y algunas pocas plantas
con árboles en los alrededores. Los árboles
se movían con el viento, un viento fuerte que había
esa noche. El frío calaba hasta los huesos. Cuando
Juan Manuel y sus primos llegaron se encontraron con un lugar
vacío. Empezaron a caminar esperando al pollero y entonces
cinco jóvenes se acercaron a ellos y les ordenaron
que les dieran todo el dinero que traían “dénos
todo lo que traigan de dinero, rápido cabrones, y los
zapatos también.” A pesar de tener miedo, se
quisieron resistir, pero los delincuentes empezaron a golpearlos.
Al final les tuvieron que dar todo lo que tenían. Juan,
Jesús, y Juan Manuel tuvieron que ponerse los tennis
que los delincuentes se habían quitado para ponerse
los de ellos.
Más tarde apareció el coyote acompañado
por otras personas. Ya cuando estaban todos reunidos llegaron
al río y empezaron a cruzarlo. Afortunadamente, no
llevaba mucha agua, pero la poca que traía casi estaba
a punto de congelación. Muchas personas se quejaban
pues era demasiado frío. El coyote les decía
que, cuando cruzaran, tendrían que correr muy rápido
y en algunas partes tendrían que agacharse o tirarse
al piso para que la patrulla o el helicóptero de migración,
que daba la ronda a las dos de la mañana, no los fuera
a ver. Al adentrarse en el desierto se toparon con una cerca
de alambre. Todos tenían que brincar rápido
y seguir corriendo. Juan Manuel al tratar de brincar se cortó
en un pie con los alambres, lo que le impedía correr
como los demás. Yazmín, como era algo gordita
se agitó tanto que casi se desmaya. Jesús y
Juan Manuel tuvieron que cargarla para que no se quedara atrás.
Cuando terminó el tramo en donde tenían que
correr se detuvieron. Ese era el lugar en donde los recogerían
otras personas. Era un lugar seco, sólo con alguno
que otro cactus, mezquites y otras plantas propias del desierto.
A lo lejos se escuchaba el aullido de los coyotes, el cascabel
de las víboras y el ruido de otros animales. Eran las
cuatro de la mañana. Había pasado una hora y
las personas que iban a recogerlos no llegaban. Todos empezaron
a decirle al coyote que los guiara para seguir caminando pues
hacía demasiado frío, pero él no les
hacía caso, estaba bien drogado y no sentía
nada. Entonces todas las personas se empezaron a ir cada quien
por su lado. Juan Manuel y sus primos también decidieron
seguir por su cuenta.
Estuvieron un día entero caminando, dándose
ánimos entre ellos para seguir avanzando. Caminaban
sin haber comido nada, sin agua, con mucho frío y cansados.
Se miraban unos a otros, pero ninguno se atrevía a
decir lo que todos sentían. En sus miradas había
miedo y tristeza. Pensaban sin decirlo que no iban a sobrevivir.
La noche y el cansancio los vencieron y se quedaron dormidos
sin que la oscuridad les permitiera ver nada de lo que había
a su alrededor. Pasaron las horas. Alrededor de las cinco
de la mañana el ruido de un carro despertó a
Jesús. A lo lejos vio que había una carretera.
Eso lo llenó de alegría y despertó a
sus primos.
- Levántense, ya salimos a la carretera.
Los otros con dificultad lograron ponerse de pie y Juan dijo:
- Pero si nos acercamos a la carretera puede pasar una patrulla
de migración y nos va a regresar.
- No importa – dijeron los demás – preferimos
que nos regresen
a morir aquí en el desierto.
Decidieron salir a la carretera y después de caminar
un rato se encontraron con un carro descompuesto a la orilla
del camino. No había nadie. Se recargaron en la cajuela
y de pronto, un hombre en un carro que pasaba se detuvo, probablemente
pensando que el carro era de ellos.
- ¿Necesitan ayuda?
- Sí – contestó Juan - ¿Nos podría
dar un rait a Phoenix?
- Yo no voy hasta Phoenix, sólo voy a Tucson.
El señor se quedó mirándolos. La ropa
sucia, la cara triste y la boca blanca por el hambre y la
sed.
- Los puedo dejar ahí en Tucson.
Ellos aceptaron y subieron al carro. Al llegar a Tucson el
señor los dejó en un restauran de McDonald’s.
Al estar ahí Yazmín recordó que se había
guardado 100 dólares en un zapato y con ese dinero
compraron comida. Después uno de los trabajadores del
lugar les pidió un taxi para que los llevara hasta
Phoenix.
Al llegar a su destino, un hermano y otros primos de Juan
ya los esperaban y les prestaron dinero para completar lo
que les había cobrado el taxi.
Ahora Juan Manuel tiene cuatro años sin regresar a
México. Se casó y vive con su familia. Jesús
también se casó. Juan sigue soltero y trabajando
muy duro, y Yazmín a los pocos meses de haber llegado
se fue a vivir a Seattle, Washington. Ninguno se arrepiente
de haber cruzado, pero no olvidan lo difícil que fue.
por: ANA LUISA GALLEGOS
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