Paisano

      Ya es tarde. Voy con mi hermano rumbo al puente para cruzar la frontera a los Estados Unidos. Tengo miedo. Llegamos a una garita de cruce. Hay un hombre de cabello rubio, robusto, su cara no es nada agradable y despacio se acerca y nos pregunta: “¿Sus pasaportes? ¿A dónde van? ¿Qué llevan?” Nos dice que nos salgamos de la línea, quiere revisar nuestros permisos. Nos pide que nos bajemos del carro. Con miedo e ignorancia nos bajamos inmediatamente. Al voltear hacia atrás vemos que vienen más hombres vestidos con trajes azul oscuro, nos miran, se acerca un hombre, nos orilla hacia la pared, nos dice que pongamos las manos en la nuca y los pies separados. A lo lejos viene un hombre con dos perros, se acerca, suben a los perros al carro. Lo rasguñan por todos lados, no encuentran nada. Pasan unos minutos, están checando nuestros pasaportes. Mi hermano baja un poco los brazos de la nuca. El hombre dice con voz fuerte: “¡No puede bajar las manos! ¡No puede moverse!” Vuelve un sentimiento de miedo e impotencia. Pasan unos minutos largos y difíciles. Pasan muchas cosas por mi mente ¿Qué va a hacer con nosotros? Después viene una mujer alta, cabello largo, expresión seria, falda a la mitad de la rodilla. Avanza con pasos cortos pero firmes. Se detiene y dice “¡Todo es un mal entendido!” Dice que todo está bien. Se confundieron de carro. Se acerca a uno de los hombres y le entrega los pasaportes. El hombre les dice a los otros que se pueden retirar. Es un hombre de cabello corto, tez blanca. Se acerca, nos mira con desprecio y nos dice que nos podemos ir. Mi hermano y yo bajamos las manos pensando que el mal rato ya había pasado. El hombre grita y levanta la voz con prepotencia “¡No he terminado!” Nos sobresaltamos, lo miramos de nuevo. Con mala cara nos avienta los permisos a las manos. Se da media vuelta y nos ignora. Cuando lo vimos alejarse, mi hermano y yo nos subimos al carro. Sentía la sangre correr por mi cuerpo. Me sentía desilusionada, triste porque creí que me iban a recibir como un paisano más.

 

Por: Silvia Ramos

Volver a las Obras