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Como si fuera ayer
Yo viví por
muchos años como ilegal en Estados Unidos. Tuve trabajos
temporales como costura, limpieza de casas, cuidado ancianitos y
todo tipo de ocupación que me permitiera sobrevivir cada día en
este país. Aunque las condiciones de vida son difíciles, ha sido
mejor para mí y mis tres hijos vivir aquí, que continuar siendo
victimas de abuso físico, verbal y psicológico por parte del
padre de mis hijos, pues vine acá para huir de esa situación.
Aún recuerdo como si fuera ayer
una llamada telefónica una tarde del 10 de Noviembre preguntando
si me gustaría trabajar pizcando nuez. Yo sin saber de lo que se
trataba dije que sí. Animé a mis tres hijos, hermanas, cuñados y
sus respectivos hijos a participar en este nuevo trabajo, que
sin saber lo cansado que es, acepté con gusto, pues era algo
nuevo e interesante por hacer.
Esa misma tarde
organizamos todo para el otro día. Preparamos burritos y agua
por si nos daba hambre ¡y qué hambre nos dio! Al día siguiente a
las seis de la mañana, nos recogieron para llevarnos al Este de
la ciudad de El Paso, es decir a Socorro. Recuerdo que cuando
llegamos rápidamente nos dieron unos costales de yute,
rodilleras y unas escobas de alambre para poder barrer las hojas
haciendo montones. Recuerdo los grandes tractores sacudiendo los
árboles. Las nueces caían a montones en el suelo, se perdían
entre las hojas. El ruido era tremendo, la gente se alborotaba
para cumplir su trabajo.
Empecé con gran
entusiasmo el día, pero al correr de las horas mi energía iba
disminuyendo. Le pedía en oración a Dios que me diera fuerza
para continuar, pues para ser la primera vez que trabajaba en el
campo me parecía agotador.
A medio día tuvimos un descanso de media hora. Después de eso
continuamos pizcando nuez hasta que cayó la tarde. Para entonces
yo ya estaba exhausta. Cuando el contratista que nos llevó dijo
que paráramos el trabajo, se acercó con su camioneta y empezó a
recoger los costales que nos había dado para recolectar la nuez.
Puso a cada costal nuestro nombre. Nosotros caminamos de regreso
a la entrada y ahí empezaron a pesar los costales para saber
cuantas libras habíamos conseguido cada uno. Se me hizo que
recogí tanta nuez, que cuando llegué a mi casa me bañé, tomé una
pastilla para el dolor y me acosté. Fue tanto mi agotamiento por
el exceso de trabajo que me dio temperatura. Cuando cerraba los
ojos lo único que podía ver eran nueces y hojas.
Los días que continué en ese trabajo
nunca los voy a olvidar. Ahora reconozco el trabajo del
inmigrante en el campo, le doy mi respeto y aprecio para toda mi
vida.
Salí de ese trabajo cuando
conocí a un maravilloso hombre que me aceptó con mis tres hijos
y gracias a él conseguí ser residente de Estados Unidos. En
estos momentos estoy estudiando el GED en la comunidad Herb Tio
Cooper porque sé que es la clave para superarme.
Por: María Lourdes Fernández
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